viernes, 16 de mayo de 2008

... El deseo nunca se satisface...

Se levantó temprano como de costumbre, pues sentía que algo de su vida se escapaba lentamente cuando se despertaba tarde. Así usualmente comenzaban los días de Aridahi Quijana una joven de cabello corto, con la tez clara y los ojos de un verde muy intenso, mismos que denotaban que era una intelectual capaz de beberse los libros en un solo día, le gustaba la filosofía, la literatura, la historia y últimamente la teología, pero lo que más sobresalía en aquellos ojos era la inmensa melancolía que cubría su alma sin embargo se encontraba llena de ilusiones en las que se imaginaba realizando proezas que serían recordadas siempre.

Pues bien, el día estaba nublado y el sol regateaba unos minutos más de sueño, Aridahi observó por un instante asomada a la ventana y pudo percibir que las puertas de las casas estaban cerradas. Hacia frío el cual parecía ser desdeñado por la mayoría de la gente ella en cambio lo disfrutaba.

Miró su reloj y se dio cuenta que las manecillas marcaban las 7:30 hrs. tiempo de ir a dejar a su pequeña hermana al Colegio. Se acercó lentamente al pequeño buró que se encontraba junto a su cama tomó las llaves de su carro y se dispuso cumplir con la tarea encomendada. Después de un rato regresó a su casa y al sentarse a la mesa cuando estaba a punto de darle un trago al café el olor la transportó a la época en su vida cuando ella asistía a la preparatoria, en ese momento pasaron por su mente las actividades que ella realizaba unos cuantos meses atrás, fijó su mirada en un florero y recordó como era su vida.

Su día empezaba normalmente a las 6:00 am, se bañaba y se vestía con un pantalón de mezclilla azul, una blusa de algodón y sus zapatos negros. A medida que transcurría el tiempo se dedicaba a hacer sus tareas, estudiar para poner al corriente sus conocimientos adquiridos el día anterior en la escuela. Sin embargo, sus pensamientos divagaban en la eterna duda de saber si su alma se encontraba en un remanso de paz, cuando algún pequeño incidente llegaba distorsionar aquella tranquilidad, la modificaba, la confundía, llegaba hasta revolotear su universo y de nuevo con la última expiración regresaba la calma. Vivía en un ciclo constante de emociones tan profundas, lastimeras y a la vez las sentía tan bellas, tan suyas, que obligaban a su espíritu a volar y sentir cerca de ella, un tiempo y un espacio tan distantes entre sí, mismos que evocaban a su alma a pensar, a ser y a actuar por sí misma; envolviendo todo en un misticismo lleno de magia e ilusión, el cual la envolvía, la elevaba a las alturas y la unía al ser infinito por medio de la noche, sin embargo la dejaba caer al suelo súbitamente al despuntar el alba.

Sólo al momento de comenzar a escribir, se daba cuenta que podía plasmar en las expresiones más obscuras que la vida es un sueño y que a su vez éste puede convertirse en su existencia. No percibía que su presencia tuviera sentido alguno y constantemente se preguntaba ¿Quizá la vida no tiene razón alguna y solamente es el reflejo de lo que fue y jamás regresará?

Escenas trágicas llegaban a su mente al compás de las palabras, pero todo seguía igual, luz y obscuridad se juntaban y entrelazaban, dando como resultado la explicación exacta de lo que es melancolía, la soledad y el ímpetu de hacer y no lograr lo deseado marcaba su alma de una manera indeleble. Por lo que a cada instante describía en sus escritos lo sentido al estar cara a cara con la muerte. Detallaba un lenguaje de silencios, mostrando al alma de poeta encarnada en cuerpo y sentimiento. Y con su entendimiento sumido en estos pensamientos anotaba en su libreta:

“En la piel se lleva encarnada el alma del poeta enardecido, del cual fluyen las palabras como si fueran aire y las ideas bajan como musas desde sus altas nubes al caer la noche sin embargo emigran al despuntar el alba.”

Y continuaba escribiendo hasta que las manecillas del reloj marcaban la 1:30 de la tarde tiempo en el cual de debía ir a la escuela. Salió de su casa y comenzó a caminar con el paso pesado y la mirada turbia; cruzó la calle solitaria y recorrió dos cuadras. Todo carecía de movimiento como si en un cierto modo el tiempo se hubiera detenido fuera de ella.

Su mirada se detuvo por un momento en un pequeño niño que se encontraba cerca de allí en medio de un campo de hermosas flores, lo que llamó su atención fue el fabuloso cuadro apreciable por todos los sentidos y admirable por los sentimientos y entonces escribió lo que su alma sentía y se preguntaba en aquel momento: “¿hace cuanto que no lloras? Se llora al estar emocionado, se llora al estar muy enojado, se llora de dolor y también por estar enamorado.” Y aquel niño que llamó la atención de su mirada, sonrió y Aridahi pudo sentir que las flores tan bellas no lo entendieron, y a esto escribió: “¿Cuántas cosas que vemos a diario no entendemos?”

Comprendió lo que le pasaba se resistía a sonreír y al sentir como las flores le correspondieron al niño por haberlas enseñado a sonreír mostrando más intensamente sus colores supo que la sonrisa es la fuente creadora de energía volvió a tomar su cuaderno y escribió: “Son tan pocas y especiales las personas que nos permiten compartir con ellos una sonrisa que a menudo se les extraña”

Continuó caminando y llegó a la escuela con el pensamiento en cual estaba absorta desde su encuentro con aquel niño, ¿por qué durante tantos años se había negado a sonreír? No lo sabía pero el sentimiento de liberación que cubrió su alma la tranquilizó.

Ya en la escuela acudió a sus clases, la primera a la que se enfrentaría aquel día era Historia materia que a ella le agradaba mucho por presentarse allí la oportunidad de conocer otros tiempos y maneras de pensar, la segunda y tercera sería Matemáticas materia que consideraba pesada y aburrida, cuarta y quinta Literatura estas dos horas eran las que más disfrutaba por que en ellas dejaba volar a su espíritu creador, sabía que consagraría su existencia a escribir pues era lo que la llenaba de vida, le daba sentido y le inculcaba el valor; le gustaba ver como de sus manos y cerebro brotaban historias a las cuales las palabras daban vida, lo que ella buscaba en el universo que se había creado en el mundo de las letras era o pretendía ser la búsqueda del hombre por el hombre mismo, es un intento de ello si lo encontraba estaría bien si no llegase a encontrarlo, seguiría en la lucha hasta lograr hallarlo al paso del tiempo conociendo nuevas cosas, ideas, hombres, sentimientos libros y todos aquellos elementos que la condujeran al fin buscado.

En la sexta hora tendría Biología, materia que también encontraba interesante por en ella se explicaban procesos y teorías que contribuyeran a descubrir las interrogantes que aquejaban su existencia y aumentar su inquieto afán por aprender sobre la perfección de la naturaleza.

Mientras leía y meditaba acerca del verso que había atraído fuertemente su atención, el timbre de salida había logrado sacarla de aquel pensamiento, observó con atención su reloj. En él las manecillas marcaban las 8:45 pm. Tiempo en el que debía dejar el colegio, estaba cansada comenzó a caminar hacia la puerta fue entonces cuando vio que habían llegado por ella.

Abordó el coche con calma, saludó cordialmente con un “Hola, buenas noches” y no volvió a hablar ya en la puerta de la casa con la voz muy baja y casi imperceptible se alcanzó a distinguir entre el silencio un tenue “gracias” bajó del auto y ascendió por las escaleras con el paso pesado como si nubes de tormenta aquejaran su alma mientras se preguntaba:

“¿Cómo se retoma el ciclo de toda una vida?¿Cómo seguir adelante empiezas a entender, que no hay regreso posible?” El destino es una barrera difícil de librar, a sus 19 años no alcanzaba a entender que sucedía, esa adolescencia que ahora abandonaba y con ella la escuela. Ella deseaba más que otra cosa escribir, dedicar horas a las musas, no descansar buscando aquella palabra que formaría el entorno perfecto. Pero en el fondo sabía que no sería así. No podría seguir un camino que la llenaba de fuerza, se lo había prometido a su padre… “Cuando yo muera sigue mis pasos y recuérdame siempre”… ¿Cómo negarle algo al ser que le había dado la vida?… No podía, no debía… aquella noche marcó su destino…

Ahora más que nunca sería imposible librarse de él, lo había jurado ante su lecho… Desde el descanso de la escalera se alcanzaba a ver la habitación que había pertenecido a su padre, todo parecía inmóvil, como si el tiempo no hubiera pasado, pero él se encontraba presente en todos los rincones del hogar… De pronto su madre se acercó…

- Toma hija, el dije de tu padre, el quería que tu lo portaras… Cuando te fuiste cayó enfermo… la luz de sus ojos se esfumo… y no volvió a ser el mismo… te quería cerca… te quería…

De pronto se encontró escribiendo: La muerte viola a la vida. La transgresión es padecida, vivida y contada desde mi voz, soy yo la que he sido transgredida. No puedo decir que no, pero al aceptar su petición y cumplirla he sido violada, maculada, tocada y transgredida… sólo sé que los ojos de las piedras son sus ojos…

Se encontraba en el estudio alimentando sus ideas. Un encargo del Museo del Prado había llegado a su puerta: terminar un busto que en antaño había comenzado su padre… Ella, el yeso y el recuerdo en la misma habitación, la sensación de sacrificio invade el lugar. Al paso de los años aprendió a considerar al arte más que un deleite una religión y todo lo que ésta mueve implica la paradoja de una regla que admite su mismo quebrantamiento regular en ciertos casos… pero era imposible… la muerte selló el pacto entre el padre, sus piedras y Aridahí. Su unión no había sido voluntaria… siempre teñida por la súplica de un hombre agonizante… no dejes que la magia se apague… no lo permitas.

Se entregó completamente al encargo, sólo una idea permeaba entre las neuronas agonizantes “debo terminar para que esto muera… su fantasma no me perseguirá más”… De noche cuando nadie la veía lágrimas corrían por sus mejillas en recuerdo de la vocación pérdida y de los sueños que había dejado de cumplir…

La redención del alma de su padre reflejada en sus obras y el reclamo de sus derechos, irrumpiendo bruscamente en sus sueños… los ojos de las piedras son mis ojos… repetía incansable, no la dejaban continuar… al paso del tiempo perdió el apetito, dejo de sentir. Recordó por que lo hacía… Debía eximir aquella noche… sacar de sí el recuerdo de su padre sobre ella… no quería recordar… le bastaba la idea de cumplir con su mandato para creerse libre…

Y de nuevo recurre a su libreta como una alabanza a la desesperación, como el canto de alguien a lo largo del desierto… como el grito mudo en una larga noche: Ya he sido tocada por la muerte, por el sexo, por mi padre. Así me siento. He de abandonarme a mi destino, dejar que todo fluya como esta marcado y no luchar más si el vampiro sediento ha de alimentarse de mí que lo haga, siempre he sido su carne… Al fin de cuentas en algún momento este suplicio ha de terminar… y en un arranque de furia cerró su cuaderno… lo botó como despojándose de un gran peso.

De pronto la belleza de las piedras se vuelve el fuego purificador. Día y noche se le ve trabajar. En ocasiones pareciera que ha perdido el sentido… se le escucha repetir… sus ojos, los ojos de las piedras son los ojos de mi padre… él me ha heredado su vida, él me ha hecho ser y sentir…

Pasan los días… la obra cobraba día a día más vida, el fantasma de su padre se apoderaba cada vez más de ella. En sueños la consumía, la poseía… recorría su piel con el aliento que despertaba en ella miedo y sumisión, sus piernas se entrelazaban y lo único que podía hacer era ceder. Cada vez que cerraba los ojos la figura de su padre se encontraba allí firme, como en antaño… una presencia abrazadora… ahora debía confesarlo… después de que él había abusado de ella… ella lo deseaba… su cuerpo se lo exigía… sí era un sacrificio… pero terminó por acostumbrarse…

Y regresa religiosamente a su cuaderno: Debo intuir que la única manera de vivir para el espíritu de mi padre es la lujuria, a partir de mis sueños, el acto de tomarme en exceso, de mancillar la inocencia que en antaño perdió. No puede oponerse a la vida, el hecho de tomarme… sólo fue una condena, sino una recompensa para el culpable… y ¿dónde están mis sueños?… los he dejado a un lado…

Su destino se ha cumplido, ella no podrá volver a escribir, el término de la obra y su exposición no cambia nada, únicamente reafirma lo ya sabido. No puede hacer nada más, ahora padre e hija convergen en el mismo busto… sus nombres jamás se separaran, ella debe aceptarlo y esto da continuidad a su condena.

Antes de recibir el telegrama en el que le informan que debe concluir la obra de su padre, se siente orgullosa de su pureza, de su mundo interior… pero ahora ya no queda rastro de esa joven sólo prevalece el estigma de la transgresión.

1 comentario:

Aridahí dijo...

hola, mi nombre es aridahí Quijada y me parece muy curiosa tu entrada, porque describes muchas cosas de mi persona... te conozco?

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